Armaduras japonesas de la colección de Wiktoria y Adam Jurgilewicz
Las libélulas y los caballitos del diablo (orden Odonata) son de los insectos más antiguos desde el punto de vista evolutivo, con unas 6.400 especies clasificadas hasta la fecha, de las cuales 74 pueden encontrarse en Polonia. Estas criaturas depredadoras siempre han provocado reacciones extremas: deleite, por sus extraordinarias alas que cambian de color y la admiración por sus singulares habilidades de vuelo y su destreza cazadora, pero también ansiedad y, a veces, incluso un miedo infundado. Su percepción ha sido diversa en las distintas culturas del mundo. El motivo de la libélula (tonbo) ocupa un lugar especial en la cultura y el arte japoneses, ya que combina el orden natural con el simbolismo guerrero y la estética refinada de los objetos utilitarios, mientras que su significado se remonta a las antiguas tradiciones escritas de la nación. El Kojiki, o Registros de asuntos antiguos, recogió el primer nombre conocido de Japón: Akitsushima, o «la isla de las libélulas».
Los motivos de flora y fauna adornan los objetos militares, en especial las guardas de espada (tsuba), los casquillos de las empuñaduras, los yelmos y las armaduras, pues la naturaleza impregnaba todos los aspectos de la vida del pueblo japonés, incluido el mito del samurái. En consecuencia, la libélula forma parte de la iconografía japonesa y constituye un fascinante vínculo entre el mundo natural y el riguroso ethos de la clase samurái. En la cultura guerrera japonesa, la libélula se denominaba kachimushi, o «insecto de la victoria». Esta interpretación surgió de una singular observación entomológica: la libélula nunca retrocede al volar, lo que la convierte en una metáfora perfecta de la tenacidad, la determinación y el valor en la batalla. Esa cualidad fue la razón por la que el motivo de la libélula se aplicaba a armas, yelmos, componentes de armaduras, guarniciones de sables, arreos de caballo y pequeños objetos de uso personal.
Al mismo tiempo, la presencia de un motivo tan delicado y frágil en el contexto militar revela el rasgo distintivo de la cultura visual japonesa: su capacidad para combinar la función práctica con un simbolismo y una estética elaborados. La armadura samurái era mucho más que un conjunto de utensilios que protegían el cuerpo. Era también un signo de identidad de clan, un marcador de estatus y una declaración del conjunto de creencias individuales de su propietario. La ornamentación inspirada en el mundo natural no cumplía, por tanto, solo una función decorativa, sino que formaba parte de un código de significados más amplio, en el que los animales, las plantas y los fenómenos naturales designaban las características de cada persona, su actitud ante el mundo y su lugar en el orden social.
A diferencia de las culturas de Asia oriental, donde la libélula representaba la fuerza, el valor y el éxito, la tradición occidental tuvo una percepción ambigua del insecto. En gran parte de Europa, las libélulas se consideraban fuerzas siniestras y amenazadoras. Esta connotación demoníaca predominaba en el folclore nórdico y germánico. En ocasiones, se la consideraba sencillamente un símbolo del diablo. La libélula apareció relativamente tarde en el arte occidental, en el contexto de la tradición neerlandesa de observación de la naturaleza. Hacia finales del siglo XVI, los artistas neerlandeses mostraron un interés sin precedentes por el mundo natural. Los insectos locales y otras «pequeñas criaturas» hasta entonces ignoradas se convirtieron en objeto de sus estudios y representaciones, mientras que se obtenían ejemplares de especies cada vez nuevas de las colonias, mediante expediciones y el comercio global. En los bodegones vanitas neerlandeses, la inclusión de caracoles, orugas e insectos que se alimentaban de plantas era un recordatorio elocuente de la fugacidad de la existencia, y las libélulas formaban una parte significativa de esa iconografía. En los siglos XVII y XVIII, la representación de insectos estuvo dominada por un enfoque científico y enciclopédico. Aunque el postulado ilustrado de adquirir conocimiento era primordial, algunos atlas y láminas sueltas siguen deleitándonos hasta hoy por su calidad artística y su belleza. Los grabados en cobre de Maria Sibylla Merian, Moses Harris y Albertus Seba muestran una afinidad…

Akitsushima. La isla de las libélulas
Por Adam Jurgilewicz, prof. Anna Król, dr hab. Anna Król, prof. ASP
Termina en 23 días




