Las pinturas de Kateřina Ondrušková nos invitan a observar un mundo que parece íntimamente familiar, aunque en él permanezca algo esquivo. En la serie de cuadros de la exposición Observar la alegría nos encontramos una y otra vez con figuras situadas en entornos naturales. La mirada de cerca a los rostros promete que encontraremos fácilmente en su expresión la clave de lo que viven, pero Ondrušková nos quita de inmediato esa certeza. Los rostros suelen estar vueltos, ocultos tras el follaje, las flores, el cabello o las alas de polillas revoloteando, y del mismo modo quedan sin resolver las relaciones de las figuras con su entorno y entre sí. Las figuras humanas y los animales (pájaros, cangrejos, polillas o mariposas) habitan los recortes pintados del paisaje, pero sus correspondencias debemos deducirlas nosotros mismos en cada imagen. Ambiguos son también los motivos: pueden evocar historias conocidas, escenas mitológicas o arquetipos de grandes relatos humanos. Sin embargo, no cuentan historias ajenas. Parten de su propia experiencia, que generaliza y abstrae hasta que su visión personal del mundo se transforma en una mitología peculiar. Resulta comprensible gracias a experiencias compartidas entre generaciones y culturas: el amor, la necesidad de proteger a los seres queridos, el redescubrimiento del mundo con los ojos de un niño para quien todo es nuevo. Lo personal se vuelve aquí universal sin dejar de ser auténtico.
Las pinturas de Kateřina Ondrušková, con su sensibilidad hacia el color, la luz y el espacio, entran en la arquitectura de la Vila Volman y dejan que sus llamativos interiores resuenen en nuevos contextos. El lenguaje poético y estratificado de la autora establece un diálogo con la villa sin suprimir su carácter arquitectónico ni su genius loci; ayuda a percibirla desde otra perspectiva. Así, las pinturas aportan a cada espacio una capa adicional de experiencia: historias imaginativas que se desarrollan dentro y fuera, en la naturaleza que la rodea.
Las imágenes están impregnadas de tonos cálidos que recuerdan la luz del sol del atardecer. Una neblina suave y lechosa difumina los bordes nítidos y confiere a las escenas la cualidad de un recuerdo, o del despertar somnoliento de una siesta en un prado o en un huerto. Las escenas transcurren en un tiempo indeterminado de finales de primavera y verano, a veces con la sensación de un otoño que se acerca: un tiempo que no reconocemos por la fecha, sino por la luz y el ánimo. Es una neblina centelleante de días que pasan, en la que el presente toca constantemente el recuerdo. La exposición sugiere que la alegría no siempre puede hallarse y nombrarse con facilidad. Sin embargo, puede alcanzarse mediante un reconocimiento gradual, del mismo modo que de los depósitos de pigmento superpuestos en sus obras van emergiendo poco a poco los planos de sentido y de emoción.

Vila Volman: Observar la alegría
Kateřina Ondrušková · Por Blanka Čermáková
Abre en 2 días

